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Rosa
María Motta
Mi madre se encontraba en la etapa terminal del
cáncer. Se había rehusado a pasar sus últimos
días en un hospital, por lo que mis hermanos y yo contratamos
a una enfermera para que cuidara de ella en casa. En la habitación
de al lado mi hermana y yo nos habíamos recostado un momento.
Sosteníamos una charla cuando escuchamos que la puerta del
pórtico se abrió y claramente, escuchamos las pisadas
de alguien que se disponía a entrar en la casa.
En
ese mismo momento, la enfermera nos llamó para que acudiéramos
a ver a mi madre, que acababa de fallecer.
Poco después, mi hermana y yo preguntamos quién había
entrado a casa. La respuesta: ¡nadie! En un principio, a mi
hermana y a mi se nos puso la piel de gallina, pero depués
de
pensarlo un poco, concluímos que alguien había acudido
en busca de mi madre. ¿Quién mejor que un ángel?
Sean
Mi padre golpeaba a mi madre casi cada noche. Yo
no podía conciliar el sueño hasta que escuchaba que
ambos se habían ido a la cama. El hecho de esperar en la
oscuridad y de rogar no escuchar la voz en cólera de mi padre
era una verdadera tortura. Me sentía mal por no poder ayudar
a mamá, pero tan sólo tenía siete años
y con mis intervenciones sólo había conseguido empeorar
todo.
Deseaba
poder dormir plácidamente, como mi hermana de tres años,
quien parecía no escuchar nada. Incluso su rostro dibujaba
una sonrisa, así que yo me aproximé y le pregunté
cuál era la razón de su felicidad. A lo que contestó:
"La música del ángel". No me explicaba cómo
podía confundir los gritos y berridos de mi madre con una
melodía. Al poco tiempo, mi padre se suicidó, y años
después le pregunté a mi hermana acerca de esta música.
Ella comentó que una noche un ángel de enorme alas
apareció para decirle que tenía un regalo para ella,
música especial para ayudarla a dormir bien. Nunca más
volvió a ver a este mensajero, pero sí escuchó
la música varios meses después hasta la muerte de
mi padre. Ella jamás supo lo que mi padre hacía con
mi madre, y si el ángel la quiso proteger de ello, yo no
seré quién para informarla.
Claudia
Cierta ocasión estaba reunida con un grupo
de gente que practicaba meditación. El coordinador sugirió
a sus alumnos que se concentrasen en su guía espiritual y
le preguntaran su nombre "porque todos los ángeles tienen
un nombre", me dijo. Claudia no pudo hallar la respuesta a
este interrogante durante la clase, por lo que terminó la
sesión un tanto frustrada. Sin embargo, un intenso y exquisito
olor la embriagó. -¡Qué rico perfume! -exclamó
en voz alta, dirigiéndose a sus compañeros-.

-¿Pueden sentirlo? Pero ninguno de los presentes
percibió aroma alguno. Yo pensé que era extraño,
pues podía olerlo en todo el recinto.
Al concluir la clase y salir a la calle, cuál sería
su sorpresa al notar que aquella fragancia aún permanecía
en el ambiente y la seguía por todas partes. Una voz dentro
de sí misma le dijo: " Así es, este es el perfume
de tu ángel...es mi perfume". Lo que éste ser
quería demostrarle, era que nunca se hallaría sola.
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